Todo tiene dimensión sobrehumana en Buenos Aires. La ciudad en la que todo el mundo hacía fortuna en los tiempos en que Europa conocía la recesión creció con ambición europea, pero con más espacio para calles tan amplias como el Río de la Plata, junto al que se asienta, kilómetros de pampa por convertir en escenarios de opulencia, en arquitectura colonial que necesita de avenidas de gran amplitud para poder ser apreciada en todo su esplendor. Como la Avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo con sus 120 metros de lado a lado. O el Teatro Colón, el teatro lírico de mayor envergadura de América Latina. Porque en Buenos Aires todo es más grande.
La ciudad es generosa, no sólo en espacio, sino a la hora de crear y mantener en la memoria a sus mitos, mitos que nacieron en un escenario como los que llenan la Avenida Corrientes: en el teatro Blanca Podestá, en Lola Membrives, en San Martín, en El Nacional, en el Teatro Ópera, en el Teatro Gran Rex… o en la Esquina del Tango, cuya fachada está plagada de placas en honor a la gran figura del tango Carlos Gardel.
Buenos Aires se multiplica, cada avenida conduce a otra ciudad, aquí se llaman barrios a lo que en Europa sería, por dimensiones, una ciudad entera: San Telmo, La Boca con sus coloridas fachadas, Palermo… Este último convertido en el centro de la modernidad: las tiendas de moda se encuentran en Viejo Palermo, los centros comerciales más chic en Alto Palermo, en competencia con la calle Florida, la calle peatonal (cómo no) más famosa del mundo, con infinidad de tiendas de moda, restaurantes y cafeterías, establecimientos que proliferan por doquier, como reflejo del espíritu bonaerense, aficionado a la reunión, bien para pasar el rato o bien para hacerse oír. La Avenida de Mayo, considerada el Eje Cívico de la ciudad (une la Casa Rosada con el Palacio del Congreso), es el escenario en el que los porteños han dejado patente durante décadas su compromiso y su carácter inconformista.