Espacios amplios, callejuelas estrechas; acantilados abruptos, playas acogedoras; el murmullo del agua a media tarde, tenue como el sol que calienta sin quemar. El cuerpo alerta por el sonido del despertador, de la llamada apremiante del teléfono en la oficina…, se destensa con la brisa que flota en La Marina de Cascais. Los músculos se relajan, los pies se deslizan por la calle empedrada en torno al puerto en el que duermen flotando las lanchas de pesca, muy cerca de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Tal vez hemos llegado a Cascais –si no, deberÃamos hacerlo- en tren, en la lÃnea procedente de Cais do Sodre, para apearnos en una estación adornada con la tÃpica azulejerÃa portuguesa y magnÃfica en mármoles. Con el duermevela del viaje, nos parece haber retrocedido en el tiempo, somos uno de esos aristócratas de los siglos XVIII y XIX que descubrieron en el pequeño pueblo de pescadores el refugio para su solaz en palacios construidos sobre la bahÃa, como la residencia del duque de Palmela, que se asoma sobre el océano, o el de los condes Castro Guimaraes, hoy convertido en museo, donde se pueden admirar piezas de mobiliario Indo-Portugués, piezas arqueológicas y más de 25.000 volúmenes en su biblioteca.
La temperatura ideal para caminar con la laxitud propia de una tarde tras un almuerzo plagado de sabores procedentes del mar, descubrir la Ciudadela, fortificación que con su austera masa vigila las aguas, hacia el este, sobre acantilados que son como balcones de vértigo desde los que se divisa una vista general de toda la costa y los confines de Lisboa. Sentimos un agradable hormigueo en la piel: las lujosas residencias al borde del mar, el Faro da GuÃa (que alumbró el regreso de barcos procedentes de las Indias), la Boca do Inferno, cueva natural en la que el mar ofrece un espectáculo asombroso, y el aspecto recogido y reflexivo de las pequeñas iglesias, como el templo barroco de los Navegantes; los cafetines que jalonan los acantilados…, la visión de un conjunto tan armonioso con un paisaje cadencioso de rumor de olas nos empapa la piel de sensaciones embriagadoras.