Uno de los elementos que más nostalgia desencadenan automáticamente cuando recordarnos unos días de asueto es comprobar cómo, foto tras foto, hemos captado una luz tan brillante que se quedará impreso en el papel fotográfico y que no corresponde con la que ahora nos rodea. En nuestro álbum, entre Denia y Alicante, más de cien kilómetros de costa, de palmerales, murallas medievales, pueblos de tardes largas y cálidas y anocheceres lentos en los que superponen siglos de historia.
Del castillo árabe de Denia, a “El Barrio”, o casco antiguo de Alicante, arquitectura mediterránea de piedra luminosa sobre elevaciones escarpadas, sombras de exóticas palmeras y playas de arena blanca. Playas urbanas y calas recónditas. Como la Punta del Raset y la playa de les Rotes en Denia, o la Cala del Penyal, la Calalga o la playa de la Fossa, en Calpe –cuyo atractivo ya descubrió Hemingway en los años treinta–, ciudad ‘adornada’’ por el Peñón de Ifach, una roca que es símbolo de la Costa Blanca, como también lo es a la cúpula azul de la iglesia de Altea.
Alicante, presidida por el Castillo de Santa Bárbara, es un foco cultural de relieve, una ciudad de palmerales amplios que rememora a cada instante su pasado, se ilumina con el fuego de la noche de San Juan y se deleita en el amplio legado de su gastronomía. En la Bahía formada entre el Cabo de las Huertas y el de Santa Pola, el Alicante histórico emerge lleno de luz. Esa luz tan nítida que serpea entre las ramas de los naranjales, tan abundantes, y que parecen anunciar que ésta es una tierra de promisión.
Cae la tarde y la costa se vuelve piedra y mar. La brisa es cálida en toda la costa y en la ancestral noche mediterránea murallas, fortalezas, castillos e iglesias proyectan una luz anaranjada, como la de una hoguera siempre encendida.