En ocasiones asociamos una ciudad a un sentimiento concreto y, cuando la conocemos, nos damos cuenta de que el tópico puede ser cierto para un visitante, pero no lo es para sus habitantes. Los lisboetas son gente alegre, y la nostalgia, esa tristeza dulce de domingo por la tarde que nos inunda al escuchar un fado, es para ellos un sencillo canto lleno de paz y placer Ãntimo.
Lisboa suena a fado y tintinear de tazas de café en terrazas angostas, al lamento herrumbroso del tranvÃa al enfilar las calles estrechas y empinadas del barrio de Alfama: en lo alto, desde el Castillo de San Jorge, la ciudad se aprecia en toda su dimensión, vidas tranquilas que transcurren entre sentimientos apasionados. La ciudad ofrece grandes monumentos, como el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém y la Torre de los Descubrimientos, en el barrio de Belém. Pero también, y sobre todo, placeres recónditos, pequeños, que esperan en cualquier esquina de cualquier calle, en la Plaza del Comercio, la del Rossio o en la Rua Augusta, una sucesión de escaparates de librerÃas y tiendas de joyas. Placeres para todos los sentidos, sentimientos a flor de piel. En el barrio de Chiado, donde hoy dÃa se congregan los diseñadores portugueses –lugar de reunión de artistas desde el siglo XIX–, nos sentamos en la cafeterÃa Brasileira, uno de los lugares favoritos del poeta Fernando Pessoa. Nos llegan ecos de algún fado que resuena en las entrañas de un cafetÃn cercano. El fado tiene su templo en el Museo de Fado, pero esta música rebosa cualquier muro en Lisboa.
La ciudad sube y baja por colinas esculpidas por el Tajo y, si cruzamos el rÃo, nos esperan nuevos placeres: en el Miradouro de Alcántara podremos visitar el Instituto del Vino de Oporto; en cualquier parte, en el momento en que tomemos un descanso, no olvidaremos degustar los famosos vinos del Alentejo, de Ribatejo o de Palmela.