El Duero es historia, moldea formas de vida y tradiciones. Al desembocar en el Atlántico, el Duero ha creado un sedimento de riqueza sobre el que se erige una ciudad cargada de encanto y melancolía. La influencia del río es tal, que ha sido capaz de crear dos ciudades en una. En el margen derecho, Porto bulle en actividad comercial, aquí se concentran las tiendas de lujo y las grandes firmas. En el izquierdo, lugar de partida de las compañías navieras, se concentran las bodegas que han dado fama a la ciudad como cuna de un vino mundialmente reconocido: el Oporto.
A lo largo de toda la Ribeira, los rabelos (barcas típicas de la zona para transportar el vino por el río) son hoy carteles publicitarios de las principales marcas de vino. Desde aquí parten callejuelas de estilo medieval que desembocan en un centro histórico con personalidad propia: monumentos de granito y fachadas apiñadas y desordenadas, la catedral románica, el convento gótico de San Francisco, palacios del siglo XVIII... Románico, barroco, rococó..., cualquier estilo artístico está impregnado del sabor y la tradición vinatera.
Al caer la noche, un murmullo de agua y música recorre Porto. La ciudad se comunica una y otra vez, de un lado al otro del río, a través de innumerables puentes, puentes singulares como el de San Luiz, obra de Gustave Eiffel. Tanta historia, fundida con los sedimentos del Duero, desemboca en un presente igual de profuso: el Museo de Arte Contemporáneo de la Fundacón Serralves, del arquitecto portugués Álvaro Siza, o la Casa de la Música son hoy edificios tan representativos como los rabelos que descansan en la orilla.