La cultura germánica, esa naturaleza recia y austera, se fusiona en Regensburg con el carácter hedonista de la Toscana italiana. A Regensburg se le conoce por ello como la ciudad más sureña al norte de los Alpes. En esto reside el encanto de una urbe en cuyas calles no nos sorprenderÃa ver pasear a una princesa de cuento en su calesa. Porque Regensburg es el escenario que un cineasta elegirÃa para una pelÃcula de aventuras caballerescas. La que fue, desde Carlomagno, residencia de los emperadores alemanes, constituye hoy dÃa uno de los conjuntos arquitectónicos románicos y góticos mejor conservados de Europa.
Al cruzar el Steinerne Brücke (puente de piedra) sobre el Danubio, construido en el siglo XII, sentimos que, a cada paso, vamos retrocediendo siglos en el tiempo. Al otro lado del rÃo, torres medievales, edificios de tejados muy inclinados, fachadas coloristas, muy del gusto del romanticismo italiano, aunque nos encontremos en Alemania. El portal románico de Schottenkirche, la catedral de Ratisbona (el otro nombre de Regensburg), con su torre de más de cien metros de altura, el palacio de los prÃncipes de Thurn und Taxis, los edificios románicos y góticos... La imaginación en nuestra infancia la poblaban lugares como éste. Regensburg es esa ciudad prototÃpica de la Europa frÃa, de chimeneas encendidas en salones burgueses, de pasos lentos sobre calles empedradas; pero con el aliento cálido Mediterráneo, cuyo temperamento alegre ha llegado hasta desde el otro lado de los Alpes para dar color a un medievo de cuentos legendarios, frÃo, pero luminoso en las ventanas alumbradas por tardes de historias de caballerÃa.