Un día de verano en la playa de la Concha, sol y gente guapa; una tarde de otoño contemplando la bahía desde el monte Igeldo; una mañana de domingo resguardándose de la lluvia en los bares de la Parte Vieja y dando buena cuenta de sabrosos 'pintxos'; un mediodía, en primavera, almorzando en algunas de las sidrerías-caseríos de las afueras que abren sus puertas sólo en temporada. San Sebastián, Donostia, es una ciudad en la que uno se convence de que los lugares ejercen una poderosa influencia en el estado de ánimo. San Sebastián es acogedora, cómplice, deslumbrante. Ordenada en estructura y rutina diaria, pulcra en su aspecto.
San Sebastián es una ciudad para caminar sin destino prefijado, simplemente para estar. Su porte señorial seduce a cada paso, comenzando por el Bulevar, donde se suceden las construcciones de finales del siglo XIX y principios del XX, de marcado estilo francés, con grandes buhardillas en las que imaginamos vidas bohemias. De esa época son sus principales atractivos arquitectónicos, como la catedral del Buen Pastor, el Instituto Peñaflorida, el Palacio Miramar, el Teatro Victoria Eugenia, el Hotel María Cristina... Lugares donde la alta burguesía de principios del XIX paseaba para ver y dejarse ver, especialmente en el Casino, hoy sede del Ayuntamiento, construido expresamente en su día para atraer el turismo de las clases altas.
Su pasado de lugar de veraneo burgués es lo que confiere a San Sebastián esa distinción que cada noche brilla aún más sobre el reflejo de las aguas del Cantábrico con luz propia y, en especial, a orillas de la playa de Gros. Allí, el Palacio del Kursaal, magnífico auditorio construido por Rafael Moneo, desprende una luz cúbica que ilumina las noches de una ciudad elegante como ninguna.