Un amanecer en Tulum es como despertar en mitad de ninguna parte, lejos de las mañanas frías y lluviosas esperando en la parada del autobús que no llega. En lengua maya, Tulum se conocía como “Zama”, que significa precisamente “amanecer”, un modo de describir la impresionante visión que ofrece sobre estas costas caribeñas las primeras horas del día, cuando el sol se eleva sobre el mar. En Tulum, el espectáculo se magnifica aún más. La temperatura es tibia a esas horas y no cuesta imaginarse la actividad matutina del que fue un importante puerto marítimo maya, los mediodías luminosos en los que las coloristas fachadas de estuco coloristas reflejaban la luz de forma alegre o los atardeceres en los que se sumían en sombras los murales que aún hoy se pueden contemplar en el Templo de los Frescos. A última hora de la tarde, cuando la actividad humana entra en reposo, se pueden adivinar los ruidos opacos y umbrosos procedentes de la selva tropical que crece hacia el oeste.
Tulum es la única ciudad maya construida junto al mar, en un promontorio abierto al Mar Caribe. El conjunto arqueológico es de los mejor conservados y único por su ubicación costera. Tras horas de relajación en la arena de la playa, cuando entreabrimos los ojos, divisamos las antiguas construcciones mayas en lo alto del acantilado. El centro urbano de Tulum parece anclado en ese antiguo esplendor maya. Desde él parte un camino salpicado de infinidad de otros pueblos que desemboca en el parque arqueológico de Cobá, sumido en el silencio respetuoso de una civilización extinguida.
Tulum es historia y naturaleza. Una naturaleza exuberante, prodigiosa, donde el agua ha creado formas caprichosas, como los cenotes, pozas naturales de superficie cristalina, algunas de ellas dentro de cuevas que recorren el Yucatán como misteriosos laberintos rodeados de manglares.